Este ensayo nace en la utopía de una mente inquieta: una inquietud personal y familiar sobre ciertas costumbres transmitidas entre generaciones en Vicentino, Puyango, Loja. Recuerdos, prácticas familiares, expresiones lingüísticas y testimonios personales que, al ser observados bajo el mismo lente, despiertan en el corazón un latido indeleble, que solo puede ser escuchado en el estetoscopio de la memoria ancestral.
Las costumbres mencionadas en este ensayo no deben catalogarse como exclusivas de mi familia. Algunas de ellas, o incluso todas, pueden ser reconocidas en otras familias de Vicentino o en distintos lugares de la provincia de Loja.
En esta línea de pensamiento, las semejanzas culturales aquí descritas son presentadas como hipótesis e indicios y no como pruebas determinantes de una posible ascendencia sefardí.
Asimismo, las reflexiones desarrolladas en el ensayo, expresiones laicas y particularmente aquellas relacionadas con la sangre, ADN, los genes, elementos propios de la medicina, poseen una doble dimensión: literal y metafórica, para interpretación del lector.
He recurrido a estos recursos para expresar la intensidad de una búsqueda personal, de un reencuentro con una identidad que, tal como el barco de madera de Teseo, se ha fragmentado y sustituido con el paso de las generaciones.
Vicentino y el misterio de "los blancos"
Vicentino: Un pedazo de tierra, ubicado en el suroccidente de la Provincia de Loja, en el sur del Ecuador, un lugar donde a comienzos de la década de 1960, se registró una particular costumbre funeraria: "los blancos" de estas tierras, llevaban los cuerpos de sus muertos, a la quebrada más cercana, para lavarlos, vestirlos con mortajas y luego enterrarlos. (Ordoñez Chiriboga, 2005, p. 110). Además, quienes asistían al entierro debían bañarse al volver a casa, antes de retomar cualquier otra actividad.
¿Quiénes son estos? ¿De dónde salieron? ¿Son de los nuestros? ¿Por qué lo hacen? ¿Quién les enseñó? ¿Qué significa esto? Hay muchas preguntas sin respuestas.
Vicentino,
Un lugar donde comes tierra, antes de aprender a decir mamá.
Es una tierra que no farmea abundancia. En mi experiencia familiar las últimas tres generaciones han tenido que abandonar a sus seres queridos, sus tierras, posesiones y todo lo que aman, para salir a conquistar nuevos rumbos: enfrentar nuevos miedos, trasladarse a la urbe, educarse, expandir sus conocimientos, ir a lugares donde puedan empezar desde cero, construir, mezclarse con quienes no son de los suyos, sembrar otras tierras sin miedo a enfrentar los azotes de la sequía y el vapor que se eleva hacia la atmósfera desde esas tierras coloradas. Eso es Vicentino, o eso guardo en mi memoria de niño.
Costumbres heredadas: preguntas sin respuesta
¿Por qué estas familias, incluida la mía, cocinaban en ollas separadas? Les enseñaban a sus hijos que no debía mezclarse carne y lácteos en un mismo bocado. ¿Porqué? ¡No lo sé! Nadie lo sabe; solo lo tenían en su memoria. (Ochoa, C., memoria oral, 2026).
¿Por qué mis abuelos usaban ollas de barro nuevas o guardadas aparte, para cocinar en Semana Santa? Hace un par de días le pregunté a mi abuelo, pero desconoce la respuesta: solo lo hacían, nadie cuestionaba, así lo vieron hacer y solo lo aprendieron. (Ochoa, P., memoria oral, 2026).
Las nuevas generaciones no saben que sus abuelas acostumbraban a barrer la casa de afuera hacia dentro, haciendo un montículo en medio de la sala. (Ochoa, C., memoria oral, 2026). Tampoco saben que sus ancestros se casaban entre parientes, o miembros de la misma comunidad, ¿Por qué? ¿Con qué objetivo? ¿No había más mujeres para elegir o viceversa?
Estos ancestros solo comían carne de animales degollados, nunca de animales ahogados; los animales ahogados quedaban descartados para el consumo. (Ochoa, P., memoria oral, 2026). ¿Quién les enseñó a desechar un huevo si tenía una mancha de sangre en la yema o la clara, aduciendo que estaba dañado, cuando otras familias solo retiraban la mancha y lo consumían con normalidad? ¿Quién les enseñó la técnica de salar las carnes y colgarlas sobre el humo del fogón para que escurriera hasta la última gota de sangre de las fibras musculares, o era simplemente una técnica de conservación que todo el mundo conocía? ¿Quién les enseñó a preparar el refrito con manteca de cerdo, calentándola a altísimas temperaturas junto con cebolla, ajo y achiote, para "curar" o quemar la manteca antes de verterla en el preparado principal? ¿Quién les sugirió el exceso de limpieza?: cernir la harina una, dos, tres veces, o escoger grano por grano para separar impurezas y gorgojos.
Mi abuela, como buena ama de casa, arreglaba su hogar todos los días, pero los días viernes repetía el mismo trajín de un modo distinto: cambiaba las sábanas, el mantel de la mesa, como preparándose para recibir una visita. (Ochoa, C., memoria oral, 2026). ¿A quién esperaba? ¿Quién era el invitado especial del día? Nadie; nadie llegaba, solo sus hijos y su esposo luego de una larga jornada. Abuela, ¿qué había de especial en el viernes?
A las mujeres había que apartarlas cuarenta días para que reposaran luego del alumbramiento. A los bebés se les colocaba un hilo rojo en la muñeca, o se les pintaba la nariz de color rojo. ¿Era acaso algún tipo de creencia supersticiosa? (Ochoa, C., memoria oral, 2026).
Mi hermano, un hombre alto, apuesto, de test blanca, cabello castaño claro y de niño, de un rubio dorado que reflejaba los rayos del sol, fue motivo de una gran celebración familiar el día de su primer corte de cabello, a los dos o tres años. Yo también era niño; mi hermano no lo recuerda y nuestros familiares no saben por qué festejaron. Solo lo hicieron por alguna memoria viva, un impulso impreso en lo más profundo de sus genes.
En mi familia, además, el cabello y las uñas cortadas nunca se botaban sin más: había que quemarlos. ¿Por qué? Tampoco lo sé; solo sé que se hacía así. (Ochoa, C., memoria oral, 2026).
¿Estos ancestros sabían algo, o no sabían nada? ¿Por qué desconocen el significado de estas simbologías? Algunos ancianos campesinos ni si quiera lo recuerdan; otros solo guardan destellos, memorias de su infancia, que reviven en ellos sentimientos encontrados hacia costumbres "raras", costumbres que la mayoría de blancos austeros abandonó porque, según se les enseñó en el Libro Mayor, no había que seguir “costumbres paganas y tradiciones de hombres”, tradiciones “mundanas ". (Dt 18:9; Reina-Valera 1960)
¿Quiénes eran "los blancos" y su dispersión?
"Los blancos" según la memoria familiar, algunos fueron, en su época, los hacendados: gente pudiente, dueña de montañas, caballares, bovinos y sembríos de café, caña de azúcar, maíz, cacao, banano; eso era su orgullo y su riqueza. (Ochoa, P., memoria oral, 2026). Hoy, con el incremento de la población y de la escasez, la mayoría de los hijos de Vicentino, vive en otras tierras incluido este servidor, que tipea estas palabras desde Cayambe, un cantón de la provincia de Pichincha, en el norte del país.
Con la llegada de la tecnología, la educación formal, la asimilación total dentro de la religión tradicional, y de las nuevas formas de fe que fueron ocupando el corazón de estos descendientes, se aceleró el proceso de desapego cultural. Todas estas costumbres, al no tener un fundamento sólido que las respaldara, quedaron solo como recuerdo en la memoria de los dispersos.
¿Por qué, cuando salimos a las grandes ciudades, los vecinos no practican lo mismo? ¿Por qué algunos ancianos solo recuerdan que sus ancestros vinieron "zafados" (corridos) del Perú? ¿Por qué esa resignación tan frívola a olvidar su procedencia? ¿Por qué permiten que la desnaturalización devore lo ínfimo que queda?
Actualmente tengo 32 años, pero cuando cursé mi carrera universitaria, en la materia de Antropología nunca se mencionó que en el sur de Ecuador hubo un grupo de gente cuyas costumbres no eran iguales a las de los demás, y cuyo dialecto parecía una mezcla de castellano mal pronunciado. ¿Era motivo de vergüenza para los parlantes de la macro sociedad? Los herederos de este puñado de gente terminaron por dejarse absorber, aceptando que estas costumbres y ese dialecto no correspondían a una sociedad “educada”, una sociedad que reclamaba mentes transformadas, acordes con la vanguardia, para la evolución y el avance de la Patria.
El abuelo que guarda el sábado
Tengo en mi familia a un anciano que, en sus días de mayor lucidez, leyó en las Sagradas Escrituras: “Guardarás el día de reposo y lo santificarás”. (Éxodo 20:8, Reina-Valera 1960). Desde entonces fue expulsado de la religión tradicional, y desde aquel día hasta el día que emprenda el camino de los demás seres vivientes, mi abuelo es y será recordado como el “señor de Vicentino, el que guarda el día de reposo”. ¿Qué encontró mi abuelo en esas palabras del Éxodo? ¿Por qué sintió que guardar el día sábado sostenía su fe? ¿Es acaso miembro de un grupo religioso que profesara esa creencia?
Huellas documentales: la hipótesis sefardí
¿Cómo llegaron estos blancos a esta tierra? Hay indicios, hipótesis, estimaciones. El escritor Puyanguense, ahora radicado en Santo Domingo, Kléber Aurelio Granda Fernández, recoge algunas pautas sobre los primeros pobladores que se asentaron en estas tierras en su libro “Los inmigrantes sefarditas que se establecieron en Puyango”:
A finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX habrían llegado a Alamor inmigrantes judeoespañoles y moros procedentes de Lima y de otros lugares de la Audiencia de Quito. Eran mestizos que huían de la persecución del Santo Oficio y de las ambiciones de los encomenderos (encargados de proteger, educar y cristianizar). Buscaban un lugar seguro para vivir, de preferencia lejos de la urbe, y concentraban sus actividades en la agricultura y el intercambio de materias primas y alimentos. Algunos de estos blancos incluso servían como pago de deudas, trabajando para sus amos bajo un acuerdo previo de "arrimazgo". Lamentablemente, la información es escasa, ya que no existen archivos ni registros que detallen esta parte de la historia de Alamor y de sus habitantes blancos, refundidos en las montañas.(Granda Fernández, 2015).
En el mismo libro, Granda Fernández señala algunas de las costumbres que tenían los blancos de estas zonas. Entre ellas:
- El luto y el post-entierro: se recordaba la memoria del fallecido al mes y durante todo un año; además, se colocaba una tela negra en la parte superior de la puerta de la casa del difunto y una vela en la cabecera del lugar donde había sido velado, durante nueve días. (Granda Fernández, 2015).
- El corte de pelo: en Alamor, algunas familias dejaban crecer el cabello de sus hijos hasta los seis años, y el día en que se lo cortaban organizaban una gran fiesta. Esta costumbre se conoce como "el pelamento". (Granda Fernández, 2015).
El libro de Granda Fernández, incluye también una pequeña lista de apellidos de personas que llegaron desde Perú y se establecieron en este lugar. De todos ellos, los presentes en mi familia son Samaniego, Ochoa, Cabrera, Torres y Freire (aunque este último no figura en el libro). Pero, ¿qué prueba esto? Quizás depende de la perspectiva: esta gente no se hacía llamar "sefardita", ni siquiera sabían el significado y el peso de esa palabra. El libro recoge además el nombre de un par de organizaciones creadas en Loja: AGUDAT SEFARD DE LOJA, la primera organización hispano-portuguesa en Ecuador, y KAMUTA DJUDIA SEFARADIT BET AHARON (Granda Fernández, 2015).
El dialecto, el sociolecto y el cronolecto presentes en el grupo etario de mayor longevidad evidencian que sus rasgos de indexicalidad, su lengua, y la de sus ancestros traía palabras exportadas que no son propias de los hermanos indígenas, ni de los hermanos afrodescendientes, ni de otros mestizos de las grandes ciudades, sino de un grupo social que se ha extinguido casi en su totalidad, porque sus descendientes no tenían fundamentos para aferrarse a un vocabulario que sonaba "vulgar" a oídos de los grandes maestros.
Expresiones como:
- “Trae el cuy carie para pelarlo” (para referirse a un cobayo macho que iba a ser sacrificado para el consumo)
- “Saca las tucumas para hacer los sambates” (refiriéndose a las hojas de maíz verde donde reposa la masa para cocción de las humas)
- “Apiate de esa bestia” (para pedir que descendieras del mular sobre que estabas cabalgando)
- “Alcánzame la múchica” (para solicitar que traigan la piedra de moler alimentos)
- “¿Qué penca quieres, la canga?” (para preguntar sobre la presa de pollo que deseas servirte, en este caso el muslo de pollo)
- “Cortale el guargüero, para que se desangre” (para indicar que el corte debía ser en el cuello del animal)
- “Trae unas pangas para atizar la candela” (las hojas secas de maíz, que servían como combustible para encender la hornilla, el fogón)
- “Estás embarnecido” (estás más gordo, más grueso)
- “Bonitica iden a la mama” (una bebé muy hermosa, con rasgos faciales similares a su madre)
Y muchas, muchas más.
Señales en la sangre: una intolerancia sin explicación
No soy médico ni supersticioso, y desconozco por qué en mi familia hay la presencia de una condición genética particular. Me gustaría que un genetista se interesara por estudiar casos raros de familias lojanas, pues en mi familia somos cinco personas que no podemos consumir azúcar: la sacarosa, la fructosa y todo tipo de endulzante son rechazados por nuestro cuerpo, al punto de ocasionar vómitos, mareos, escalofríos y daños hepáticos. Como se dice en una expresión muy coloquial, "no tengo pruebas, pero tampoco dudas": es algo genético en mi familia que requiere estudio, porque no he encontrado casos similares en otras partes de Ecuador. En mi inocente conclusión, sin evidencia que la respalde, estimo que se debe a la endogamia presente en mi familia durante generaciones, al igual que la endogamia que provocó los casos de síndrome de Larón registrados en Loja y El Oro. (Guevara-Aguirre et al., 2021).
¿La sangre llama a la sangre?
Permítame contarle, estimado lector, una experiencia personal.
Hace aproximadamente diez años escribí un correo a la Comunidad Judía de Quito solicitando una entrevista con la máxima autoridad religiosa (el nombre del rabino de aquel entonces no lo recuerdo, mil disculpas). Se me concedió el acceso; le conté sobre mi procedencia y mi curiosidad por las costumbres de mi familia. Fui atendido con amabilidad y, al terminar mi relato, el rabino me dijo que conocía la historia de Loja y que, si deseaba recuperar esa identidad apenas palpitante, “como un moribundo en su lecho de muerte”, debía hacer una conversión formal e integrarme a una comunidad que me enseñara el significado real de todo lo que había visto en mi familia. Ese día no lo asimilé, y me retiré con una gran sonrisa por la experiencia, pero con la duda sembrada.
Pasaron los años. En el oriente ecuatoriano, coincidí en casa de una buena amiga con un israelí que estaba de visita en la ciudad, no sé cómo llegó hasta allí, pero coincidimos ese día. Me contó que vive en Guayaquil, pero que, cuando vivía en Israel, en una ocasión sonaron las alarmas porque el adversario había lanzado un misil. No alcanzó a llegar a un refugio, y cuando el artefacto explotó en el aire y él alzó los ojos, del cielo descendían migas de pan: había ocurrido un milagro, una experiencia que solo se vive en Israel. Nos conocimos, hablamos, nos despedimos, y yo regresé a Cayambe. Con el pasar de los años, un día cualquiera, caminando por las calles, reconocí una silueta familiar: era él otra vez, el mismo israelí que había conocido en el oriente, ahora aquí, en esta ciudad. Coincidimos de nuevo, nos abrazamos con emoción, y él me dijo que encontrarnos otra vez era obra de la Torá. Conocí a sus amigos en esta ciudad, y desde ese día no nos hemos vuelto a encontrar.
Transcurrieron los meses y trabajé en el proyecto de construcción del Colegio Albert Einstein, en el área de instalaciones eléctricas, un proyecto de israelíes, en la localidad de Puembo. Poco después ingresé a una nueva empresa, donde conocí a un descendiente de sefardita: su abuelo lo era, y aunque la tradición dicta que la herencia se mantiene por línea materna, (Moss, 2026). En su caso era su madre quien guardaba la Torá, y su hermana junto a él. Otra vez había coincidido con un descendiente de Israel.
En ese mismo periodo, recorriendo las calles de Quito en busca de un lugar donde vendieran comida kosher, tenía gran curiosidad por probarla, llegué hasta la casa de una familia y, al ver la Mezuzá en el marco de la puerta, supe que aquel no era el pequeño supermercado al que mi aplicación de google maps me había redirigido: era la casa de los Habad. El rabino me invitó a pasar; le conté sobre mi búsqueda de comida kosher, conversamos un rato, él me preguntó: "¿Estás seguro de que tu búsqueda no es espiritual? Yo veo que Dios te llama". Solo asentí en mi corazón y me despedí.
Poco después descubrí que en Loja se había creado un Centro Cultural para la Historia Sefardí (CEHISEF), precedido por el señor Gabriel Gualán Maldonado, quien junto a su equipo trabaja para revivir esta alma judía que, a muchos curiosos como yo, nos interesa conocer, sobre unas raíces casi extintas. Ha sido muy grato participar y atender a las enseñanzas con el Hazan Ariel Foigel.
La sombra de la asimilación
¿Quién tomó esa decisión arbitraria? Fue ella: la intrusa de todas las eras, la que puso un velo en los ojos de estos blancos. Ella, "la asimilación cultural", un fantasma, una sombra en los sueños de los ancestros, que los indujo a decidir que era mejor callar su identidad para que sus retoños, los hijos exiliados de Sefarad, pudieran vivir y morir en paz.
¿Qué les espera a estos blancos, a estos descendientes que no conocen su historia, a estos divididos emocionalmente, a estos desinteresados por indagar sobre su pasado, a estos parias no aceptados en el credo de sus ancestros? ¿Qué les espera a estos millennials, a estos "genz", que ven la endogamia como una mofa, una moda pasada de analfabetos, campesinos, cortos de mente? ¿Qué les espera a quienes exhortan a sus familiares a modernizarse y dejar que las costumbres de los abuelos mueran con ellos? ¿Qué les espera, en cambio, a los que abren su mente y su corazón, y permiten que su espíritu los guíe al origen de donde provienen? ¿Qué oportunidades hay para que los decididos sean aceptados una vez más como en casa?
La tierra que los recibió
Vicentino, según (Chamba, 2023), esta tierra fue habitada por los nativos Guambonas, Chitoques y Urashes: hermanos indígenas, hermanos del mismo Padre creador, hoy extintos o transculturados, pero que acogieron sin rencilla a los blancos llegados del sur, un tanto extraños y reservados.
El rastro de mi familia por parte de mi madre llega hasta Numbiaranga, un pueblo cerca de Macará, en la frontera con Perú. Entonces, sí: mi sangre viene desde el sur. (Samaniego, E., memoria oral, 2018).
Lo que se apaga
Me aterra pensar que las futuras generaciones, en sus pláticas de folclor, cuenten que hubo una vez un grupo de abuelos blancos a quienes sus ancestros les enseñaron costumbres ajenas al resto de la gente, pero ahora esas costumbres ya no se practican más. Me aterra la deculturación, el etnocidio final de este grupo de abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que solo buscaban vivir sin temor.
De estos blancos solo quedan unos cuantos: un grupo tan reducido como los meses del año, un linaje de nonagenarios y centenarios con problemas de cognición debido a su avanzada edad, con problemas de motricidad, su traspaso de esta vida es inminente, cada vez más cerca del día de emprender el camino de todos los hombres de la tierra. Nadie se preocupó por guardar sus memorias ni las de sus ascendientes; nadie se ocupó de conservar, al menos, una tradición oral detallada. ¿Qué hizo el gran clero, con su pluma implacable? ¿Solo registró nombres? O ¿Los amenazó con negarles el estatus de buenos cristianos? Un hecho sí es palpable: bajo esa autoridad y palabra irrefutable de la jerarquía eclesiástica, sigilosamente los arrinconaron hasta extirparles de raíz sus hábitos, y los forzaron a abandonarlos para liberarlos "librarlos" de la marginación civil. ¿Qué es eso?, sino la continuación, disfrazada de buena intención, de algo que tuvo su origen en 1492.
En busca de archivos y literatura
Estoy a más de 700 kilómetros de casa, de un extremo a otro del país. No puedo solicitar acceso, en nombre de la preservación cultural, a los archivos parroquiales de Alamor, amparado en la Ley Orgánica de Cultura y Patrimonio, o respaldado por una entidad como una universidad o el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC), ni tampoco puedo acceder a obras como “Narraciones, cuentos y leyendas de Puyango” por (Ortega Gonzáles, Luis Vicente), “El cantón Puyango es así” de (Hernán Gallardo Moscoso), “Letras de Puyango y Puyango poético” por (José Alfredo Gómez Álvarez), o “Historia de Loja y su provincia” de (Pío Jaramillo Alvarado), este último con un precio de 100 euros en línea. Los primeros se encuentran únicamente en la Casa de la Cultura Ecuatoriana y tampoco están disponibles en línea. El libro que tengo en mis manos, y que menciona a una oleada de blancos tomando posesión de estas tierras, es “Los Inmigrantes Sefarditas que se establecieron en Puyango”, de Kléber Aurelio Granda Fernández. Pero necesito más, mucho más.
De Vicentino llegó a mis manos otro libro: “Perlas anecdóticas de ayer, hoy y siempre de Vicentino Pico-Pico”, escrito por Juan Calva Ríos. Allí se recogen apellidos de los primeros pobladores y nombres de vicentinenses, entre ellos mi madre y sus hermanos, así como mi bisabuelo, aunque en el apartado sobre la procedencia de estos personajes, es superficial: habla de las dificultades que todo campesino atraviesa en su día a día, no de lo que estoy buscando. El libro también describe los lugares turísticos de Vicentino, nombra a personas que salieron de allí para radicarse en otras provincias, y menciona una "Asociación de Vicentinenses residentes en Quito", a la que desconozco cómo llegar, pero me gustaría contactar. Concluye con una serie de cuentos, poemas y leyendas de duendes y almas en pena. Sé que este escritor es autor de varios libros más, a los que espero acceder algún día.
Nombres que vienen de lejos
En mi familia, nombres como Carmen (de Karmel), Ana, Rebeca, Josué, Isaías, Benjamín, Ester, Rony, María, Miguel, Eliseo, Judith, Betsabé, Abner, Ariel, Daniel, Pedro, Juan, Pablo, David, Sara, Raquel, Joel, Tito, Jonathan y Abraham corresponden a mi madre, mis hermanos, mis abuelos, mis tíos y mis primos. ¿No había otros nombres acaso? ¿Les gustaron demasiado los nombres de personajes de hace más de dos mil años? ¿Qué buscaban preservar a través de un nombre? No he encontrado una explicación.
Un llamado final
Finalmente, me gustaría que estas palabras lleguen de alguna manera a los doctos que ahora habitan Vicentino, y pedirles que se involucren en esta búsqueda, ya que yo cuento con recursos limitados: solo puedo recoger las costumbres orales de mis abuelos, unas vivencias de niño, y poca literatura sobre nuestro pueblo.
Conclusión
Al llegar al final de este recorrido, la pregunta que detonó la apasionante búsqueda sobre: ¿quiénes fueron los “blancos de Vicentino”? es una puerta que permanece abierta para que todos los que deseen anclarse a un punto de referencia encuentren su camino. Las costumbres pueden perder la conciencia de su propio origen, familias no descendientes pudieron adoptar estas mismas costumbres, y ser reproducidas de manera inconsistente hasta nuestros días. La posibilidad de un tronco común debe ser estudiada con mucha minuciosidad. En este ensayo sí pretendo hacer un eco en los corazones de los descendientes que han vencido a los dos jinetes “ el silencio y el olvido” y desean mantener vivo aquello que creíamos perdido.
¿Por qué nadie me explica qué es este fuego que siento dentro del pecho?
Y si alguna respuesta existe, quizás no esté en mí, sino al otro lado del océano, en la tierra que lleva siglos esperando a los suyos. No digo que la hipótesis se haya probado, pero si se probara, termino con la pregunta más grande de todas, la que resume a todas las demás:
¿Qué está dispuesta a hacer la Tierra Prometida para acoger en su seno hasta el último de sus dispersos?
Sobre el autor
Kevin Hernán Freire Ochoa, oriundo de Vicentino, provincia de Loja. Licenciado en Ciencias de la Educación y Guía Intérprete de personas sordas y sordociegas. Actualmente reside en Cayambe, provincia de Pichincha, Ecuador.
Referencias
- Ordoñez Chiriboga, R. (2005). La Herencia Sefardita en la provincia de Loja. Casa de la Cultura Ecuatoriana. Ver más
- Granda Fernández, K. A. (2015). Los inmigrantes sefarditas que se establecieron en Puyango. Autoedición.
- La Santa Biblia: Reina-Valera 1960. (s.f.). BibleGateway. biblegateway.com Ver más
- Guevara-Aguirre, J., Bautista, C., Torres, C., Peña, G., Guevara, C., Palacios, C., Guevara, A., & Gavilanes, A. W. D. (2021). Insights from the clinical phenotype of subjects with Laron syndrome in Ecuador. Reviews in endocrine & metabolic disorders, 22(1), 59–70. https://doi.org/10.1007/s11154-020-09602-4 Ver más
- Moss, A. (2026). ¿Por qué la condición de judío se hereda a través de la madre? Jabad.org. https://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/1242499/jewish/Por-qu-la-Condicin-de-Judo-se-Hereda-a-travs-de-la-Madre.htm Ver más
- Chamba H., L. (30 de septiembre de 2023). Conozcamos nuestra provincia: cantón Puyango. Diario Crónica. https://cronica.com.ec/2024/10/14/deidad-de-los-chitoques/ Ver más
- Xavi Vlogs. (07 de agosto de 2022). Una De Las PARROQUIAS Más Productivas De La Provincia De LOJA🇪🇨 [Video]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=C9ZuWYoUeNk Ver vídeo
Fuentes orales
- Ochoa Cabrera, Santos, Pedro P. (2026). Testimonio oral recogido por Kevin Hernán Freire Ochoa. Vicentino, Puyango, Loja.
- Ochoa Samaniego, Carmen J. (2026). Testimonio oral recogido por Kevin Hernán Freire Ochoa. Vicentino, Puyango, Loja.
- Samaniego Samaniego, Eliseo (2018). Testimonio oral recogido por Kevin Hernán Freire Ochoa. Vicentino, Puyango, Loja.